Esta ha sido un fin de semana de pura celebración. El viernes almuerzo – largo en la casa de Haye y la Sofía, para luego como a las 7 de la tarde moverme a la casa de la Chascona y preparar la siguiente bienvenida, ahora con las chicas del CNTV, que incluyó interrogatorios cruzados, fuertes declaraciones tales como Es heavy ser el pastel y una lectura de tarot que terminó como a las 3 de la mañana. Después, vuelta a Maipú con la Sandra porque ayer tenía que cocinar mis galletas navideñas de miel que aunque la Andrea se ría cuando lo digo, forman parte de la cláusula materno – filial.
Sábado durante el día metida en la cocina amasando. Mi mamá me tenía de sorpresa una bandeja de pollo al limón, que probé con mucho gusto al final de la tarde.
Yo había visto unos letreros en la calle de un concierto gratis de Los Jaivas para este mismo sábado en la explanada del Templo y mi mamá se entusiasmó con la idea, así que después de dejar preparado un poco de sangría que mi papá quería probar, nos fuimos con la Gordis al concierto. El concierto empezó rápidamente. Estuvo mortal. Total. La raja. Primero un poco de cueca a cargo del BAFONA -cuecas blanqueadas, hay que decirlo, pero pa mi que andaba hueviando lejos de Chile hace más de un año, no dejó de darme un gustito-, luego un grupo de vientos de esos de los carnavales nortinos acompañado de un grupo de baile del mismo estilo, hasta que llegó el momento esperado. El concierto partió con Pregón para Iluminarse, pasando por otros hits como La Conquistada, Violeta Ausente, Canción del Sur, Mira niñita y Mambo de Machaguay. Cuando venían las canciones más power, todo el mundo se ponía a saltar. El punto es que la explanada es de pura tierra, como arenilla, así que se levantaba la media polvareda. Y la gente gritaba El que no salta es Pinochet! El que no salta es Pinochet! Igual como en los conciertos de hace más de 15 años. Y mi mamá, tan poco asidua a este tipo de eventos masivos, me miraba un poco asustaba y me decía ¿vámonos? Y yo le respondía seria No. No nos vamos a ir hasta que quede la cagá. Y no quedó niuna cagá, poh. Al contrario. El concierto terminó como a la 1 de la mañana, todo super tranqui y de ahí nos fuimos caminando a la casa y nos acostamos rápidamente porque hoy habíamos acordado con mi hermano que veníamos a verlo a la playa a la casa de su polola, en El Quisco.
Aquí siguieron las celebraciones del fin de semana pues nos estaban esperando con machas a la parmesana y whisky sour. Después el almuerzo: un salteado de mariscos al disco. Mientras terminaba de saborear y rememorar todos los momentos llenos de alegrías y emociones del fin de semana -que se sumaban a todas las alegrías que he tenido desde que llegué-, pasadas las 3 de la tarde nos llama mi hermana por teléfono desde Santiago. Pide hablar conmigo y me dice Cata, se murió Pinochet... y yo no sé si no escucho bien o quiero repetir esa frase como mantra porque me lo tuvo que decir varias veces. Y corto el teléfono, y empiezo a gritar la misma frase y siento una felicidad y una alegría tan grande que no puedo ocultarla, aunque hiera la susceptibilidad de la dueña de casa. Y yo me tomo un whisky para celebrar y ando saltando por la casa como una loca. Mi hermana me vuelve a llamar 45 minutos después para decirme que la gente se está juntando a celebrar en la Plaza Italia, el núcleo que separa el Santiago de arriba con el Santiago de abajo, pero que por lo mismo es epicentro de las celebraciones nacionales. Y entonces me empiezo a desesperar porque lo único que quiero es volverme a Santiago para grabar, sacar fotos, encontrarme con gente amiga ... en resumen: ir allí donde hoy día se está haciendo Historia, con mayúscula.
Me emociona y me alegra profundamente estar en Chile en este momento. Me perdí las elecciones, me perdí el cambio de mando, me perdí la revolución pingüina ... mínimo que me tocara asistir a la muerte del traidor! Es cierto que no se hizo justicia al mismo nivel de las injusticias cometidas y del enriquecimiento ilícito acumulado, pero como para cada chileno y chilena su historia se cruza con la de Pinochet de una manera particular, para mí si bien fue asesino y ladrón, es él en tanto encarnación de la traición lo que más repulsión me causaba de su presencia.
El gran traidor. El Comandante en Jefe designado por Allende y que después se convierte en el Presidente de la Junta Militar que lo sucede.
Es sabido que en el momento del Golpe, cuando Allende todavía pensaba que esta era una sublevación aislaba, su principal preocupación era saber dónde estaba Pinochet y si se encontraba bien. Esa imagen es potentísima, porque contrario a las tesis de algunos historiadores que afirman un mítico civismo chileno, ni los alzamientos militares ni las traiciones han sido una excepción en la historia política chilena. ¿Empezó cuando Galvarino abandonó a su tribu para servir a Pedro de Valvidia o cuando se rebeló contra éste y ocupó en su contra todas las técnicas de guerra que el español le había enseñado? ¿Acaso no hubo traición en la actitud de O'higgins al fusilar a los hermanos Carrera, que habían sido un apoyo clave en las luchas de la Independencia? ¿O en el misterioso asesinato de Manuel Rodríguez, el caudillo de la Reconquista, entre gallos y medianoche? ¿O en la actitud del Presidente Montt con los obreros de las salitreras que se habían tomado la escuela de Santa María de Iquique para reclamar mejores condiciones de trabajo y de vida y que terminaron masacrados cuando les habían hecho confiar plenamente que sus demandas estaban siendo escuchadas? ¿También podemos llamar traidores a aquellos concertacionistas que en su "renovación" abrazaron el neoliberalismo más ortodoxo? Y qué decir de la delación, una de las múltiples caras de la traición. Fue por una delación que Pinochet se cruzó con la vida de mi familia y cambió su rumbo. Después del Golpe, a mi papá lo exoneraron de su trabajo de profesor por una falsa acusación que lo obligó a estar escondido por varios meses: su foto había aparecido en todos los diarios de la ciudad. Todo esto mientras yo estaba a punto de nacer. Fue este contexto el que nos llevó a cambiar de ciudad y venirnos de la sureña Osorno a la capital el año 74. Con una mano por detrás y otra por delante, cuando ya eramos tres.
Quizás lo que me resulte más atractivo del Pinochet traidor es que este es el rasgo que más lo acerca a cada uno de nostros. Traicionamos en cada pequeña deslealtad cotidiana. El tema es cómo se combate este pequeño traidor que todos llevamos dentro. No es algo que puedan solucionar los tribunales de justicia. Quizás porque se trata de un problema ético. Y en cuanto tal, profundamente humano. La traición es una suerte de permanente tentación, pero su asociación con la figura de Pinochet se convierte -al menos para mí- en una razón poderosísima para evitarla y para sostener ante ella una actitud de aversión vigilante.
Lo único que quiero ahora es llegar a la Plaza Italia aunque sea de noche. Disolverme como parte de la comunidad festiva para luego atravesar el Río Mapocho -el mismo donde fueron arrojados algunos cuerpos en los días posteriores al Golpe- caminar por Pío Nono hasta los pies del cerro San Cristóbal y entrar a bailar salsa a la Maestra Vida. Y brindar recordando a Rubén Blades cantando Maestra vida, camará, te da y te quita, te quita y te da.
Quizás lo que me resulte más atractivo del Pinochet traidor es que este es el rasgo que más lo acerca a cada uno de nostros. Traicionamos en cada pequeña deslealtad cotidiana. El tema es cómo se combate este pequeño traidor que todos llevamos dentro. No es algo que puedan solucionar los tribunales de justicia. Quizás porque se trata de un problema ético. Y en cuanto tal, profundamente humano. La traición es una suerte de permanente tentación, pero su asociación con la figura de Pinochet se convierte -al menos para mí- en una razón poderosísima para evitarla y para sostener ante ella una actitud de aversión vigilante.
Lo único que quiero ahora es llegar a la Plaza Italia aunque sea de noche. Disolverme como parte de la comunidad festiva para luego atravesar el Río Mapocho -el mismo donde fueron arrojados algunos cuerpos en los días posteriores al Golpe- caminar por Pío Nono hasta los pies del cerro San Cristóbal y entrar a bailar salsa a la Maestra Vida. Y brindar recordando a Rubén Blades cantando Maestra vida, camará, te da y te quita, te quita y te da.
2 comentarios:
Veo en varios una sensación de alivio por la muerte de Pinochet. de ganas de gritarlo al cielo (o al infierno, según sea el punto de vista). Es una fiesta? Es un carnaval? es un gasto festivo? Me equivoco. estamos ante la presencia de la muerte del llamado traidor / tirano / dictador, por unos, capitan general / libertador, por otros. que mal, que mal, que nuevamente surjan esos odios, esas rabias contenidas, uno desde los juicios ineficaces, otros desde las pérdidas, otros desde las defensas más acérrimas de la figura de Woldemort.
Ha sido deplorable hoy ver por los medios la "Fiesta" o la "tragedia". Prefiero cerrar la cortina, como un almacenero, y decir, mañana será otro día y decir, tal como un célebre titulo de un disco ...And Justice For All.
No me olvido que así -"Señor Pinochet..."- comenzaba una carta escrita por una amiga de infancia al general, desde el exilio en Alemania, pidiendole inocentemente la libertad para su padre, hoy detenido desaparecido. El dictador nunca se dignó a darle una explicación ni menos a responder ante la justicia. Día entonces de un cierta alegría calmada pero no de euforia, pues aún quedan tareas pendientes.
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