Dos hitos han marcado (ingratamente) mi paso de estas últimas semanas por esta ciudad.
El primero de ellos: la marcha de los Mossos de Esquadra de principios de junio...
¿Cómo dijo? Si, eso mismo. Una expresión corporativa de las fuerzas policiales del Estado para manifestar su desacuerdo con lo que llaman una "persecusión mediática" de su trabajo, avalada por la mismísima Conselleria de Interior, que ha decidido colocar cámaras de vigilancia en todas las comisarías de Mossos de Catalunya.
Primero fueron las denuncias sistemáticas de abuso policial (con pruebas audiovisuales contundentes) en algunas comisarías de Barcelona. Luego, las denuncias del uso masivo de un arma blanca llamaba Kubotán -una especie de punzón- por parte de los mossos contra los asistentes a una manifestación de los okupas, fuertemente reprimida. A eso se debe agregar el baleo hasta la muerte de un joven esquizofrénico aduciendo "defensa propia" y la muerte en extrañas circunstancias de otro joven detenido y que presuntamente había decidido tirarse a la calle desde dentro de un auto policial en movimiento.
En fin ... que la publicidad de todas estas situaciones los volvió el centro de la discusión pública. Al principio, la prensa mayoritaria trato de bajarle el perfil a los hechos (me consta haber leido unas "breves" anodinas), hasta que la Consejería de Interior decidió lo de las cámaras y entonces los Mossos se quedaron sin piso sobre el cual pararse. Y comenzó a gestarse la marcha en cuestión, donde participaron miembros de los distintos cuerpos policiales -guardia civil, guardia urbana y mossos- junto a sus familias, reclamando tanto el reconocimiento de la labor social de la policía y la misma presunción de inocencia que se estaría atribuyendo a los delincuentes.
Y yo me comencé a interesar por el evento, pues era tan extraño para mí el hecho de que Interior decidiera quitarles el piso, como la propia manifestación corporativa de la policía a través de una marcha. De alguna manera, ambos hechos me parecían curiosos gestos de salud democrática, que se mezclaban en mi cabeza con mis propias experiencias surrealistas con la policía.
La primera de ellas, en mi adolescencia. Cuando de la noche a la mañana un chico dejó de gustarme en cuanto me dijo que se haría paco. La segunda, cuando dejé con el carnet en la mano a un paco y me fui en bicicleta. Y la tercera, cuando me tuve que morder la lengua en medio de uno de mis últimos cambios de casa para evitar que nos fuéramos todos detenidos por desacato con mi hermano y mi papá.
Ah! Y cómo olvidar mi propio encuentro cercano con los Mossos el año pasado, para la Marcha del 1° de mayo. Esa vez la experiencia fue todavía más freakie, pues después del May Day nos quedamos con unos compis de La Tele sentados en la Plaza Urquinaona. Habíamos comprado galletas, bebidas, algo de cerveza y pensábamos comer antes de irnos cada uno a su casa, cuando de pronto llegan tres furgones a la orilla de la plaza. Una de las chicas tenía un porro, asi que optamos por dejarlo tirado y movernos de ahí. No habíamos dado ni cinco pasos cuando escuchamos un ¡alto ahí! y los ruidos de unas botas corriendo hacia nosotros. Nos quedamos inmóviles. Eramos 5, pero al primero que se dirigieron fue al morenito del grupo. Lo apartaron, lo registraron y a nosotros nos pidieron los DNIs. Nos preguntaron si habíamos estado en la marcha. Mientras esperábamos ahí otro de los chicos le preguntó al Mosso que nos vigilaba cuál era la causa de nuestra retención. El Mosso se limitó a decir que la marcha había terminado y que por lo tanto no teníamos nada que hacer ahí. ¿Qué tal el argumento? Ni que estuviéramos en toque de queda (he de decir que la plaza quedaba como a 10 cuadras del fin de la marcha). Y para rematar, mientras esperábamos que chequearan nuestras identidades, nos tocó ver lo que le pasó a unos chicos que no se detuvieron al grito del "alto ahi": feroz culatazo en las costillas y contra el suelo.
Nos devolvieron los DNIs y nos fuimos. Como la vez de la bici, sólo veía luces rojas ante mis ojos. Estaba tan molesta. Rabiosa a morir. Tanta prepotencia y tanta violencia me altera los sentidos. Me indigesta y me descompone.
Con todo este background me fui a ver la marcha de los Mossos. Aunque la Cexi me llamó desde Plaza Cataluña a las 18.00 para darme sus impresiones, yo los alcancé recién en Plaza Urquinaona.
Y ahí estaban. La mayoría. peladitos de dos metros y espaldas anchas, con sus novias, padres y madres (si! son seres humanos!). Era bastante gente. 4 mil según la prensa. Con pancartas que hablaban de la dignidad policial y cosas por el estilo. Luego enfilaron por Vía Laietana hasta Jaume I para terminar frente al Ayuntamiento. Yo los seguí todo el camino, desde distintos ángulos. Y también escuche sus gritos. Desde los que pedían la dimisión del Consejero de Interior, hasta aquellos de ¡Kubotán! ¡Kubotán! y ¡El que no salta es okupa! (para ver algunas fotos, se puede pinchar
aqui).
Y es que la masa hace que uno se desinhiba y se muestre tal como es. No es casual que en la esquina de Princesa, cuando en el edificio de Comisiones Obreras se desplegó un cartel que decía Mossos mentirosos y asesinos, los marchantes comenzaran a gritar en tono marcial ¡Shampoo! ¡Shampoo! contra los ¿sucios? ¿malolientes? ¿desaseados? contramanifestantes. Suciedad contra limpieza: una semántica peligrosa.
Aunque se había corrido el rumor de que los okupas harían una suerte de cordón "anti polical" para resguardar la marcha, lo cierto es que aparte del cartel en CC.OO., hubo muy pocas contramanifestaciones. Al inicio, un payaso con un cartel que decía PAZ Y AMOR, otro chico con gafas oscuras que decía ¿Dónde tenéis las armas ilegales? y casi al llegar al final, otro chico con un cartel que decía algo asi como ¿¡Los opresores manifestándose??!. Junto a este último había un grupo de gente que empezó a gritar a los mossos de manera sistemática lo que pensábamos muchos de los que estábamos observándolos. De vuelta, sólo veíamos las caras de odio y desprecio de los Mossos y sus chicas-majas.
Ya en la plaza del Ayuntamiento me encuentro con dos amigas, que me dicen que por una de las esquinas viene una marcha de los okupas que también quiere llegar a la plaza. Eso es razón suficiente para querer ir hasta ahí. Llego pero el grupo es pequeño y ya se ha replegado. Sin embargo, han dejado un lienzo que dice "Déjennos torturar tranquilos" y que queda a los pies de la policía que ejerce de muro entre unos manifestantes y otros. Qué buena imagen, pienso. Lástima que no he traido la cámara.
Se acaba la función y me voy. Mientras pedaleo, pienso que seguir esta marcha ha sido lo más cerca que he estado del fascismo en estado puro. Se supone que los Mossos son una policía joven. No son la guardia civil ni la guardia urbana, que tienen un historial de terror que retrocede hasta la dictadura de Franco. También se trata de la policía autonómica, lo cual implica que están permeados por todo el rollo de que Cataluña es diferente al resto de España: más abierta, más tolerante, más diversa. Por esta razón, les daba una cierta dosis de sincera credibilidad a sus reclamos. Pero después de la marcha, me doy cuenta de que su juventud no las hace menos despreciables. La Policía cumple el mismo rol en cualquier lugar y en cualquier tiempo. Y da lo mismo como se llame.
Repaso mis conocimientos de sociología general y pienso en el famoso tema del monopolio de la fuerza por parte del Estado y no deja de darme un escalofrío pensar lo frágiles que podemos llegar a ser si no le caemos en gracia a un puto policía. El modo en que esta fragilidad se incrementa por ser mujer, por ir de orgullosa sudaka por el mundo y por protestar ante lo que no es justo. Lo peor de todo, es que ya da igual si se trata de dictadura o democracia, porque la violencia policial parece ganar cada vez más legitimidad en estas últimas como "daño colateral".
Si estas dispuesto a llegar a dañar a alguien hazte policía. Para todas las otras labores que hacen estos, puede buscarte otra profesión, desde profesor/profesora hasta cura o monja. Lo demás, sobra (aunque Foucault diría que todos al final son la misma cosa...).
El otro gran episodio ingrato de este último mes ha sido la demolición del edificio de
Miles de Viviendas, la casa Okupa de la Barceloneta. La misma donde operaba la Universidad Pirata. Donde asistimos a las primeras emisiones del proyecto de La Ostia TV. Donde fue la presentación en gloria y majestad del Canal 3 de La Victoria. Donde se filmaron algunas escenas de la película (buenísima!)
El Taxista Ful. En fin, un lugar bullante en actividades y con un fuerte compromiso hacia el barrio, cada vez más absorbido por los especuladores inmobiliarios que no conciben que gente mayor y sin poder adquisitivo este habitando unos terrenos de tan alta plusvalía.
Este desastre tuvo tres actos. El primero, el del
desalojo. El segundo, el de la
reokupación. Y el tercero (sin duda una medida desesperada de las autoridades), la
demolición a tontas y a locas del edificio, sin ninguna medida de seguridad y procurando sobre todo haberlo inhabitable en el corto plazo. Todo ello en alrededor de 10 días. En los links puede leerse un poco sobre cada momento y ver los videos producidos y colgados por algunos videoactivistas de la ciudad.
El día de la demolición pasamos fuera del edificio con Hakim. Ibamos en bicicleta hacia la playa como a las 9 de la noche cuando de pronto vemos una maquina demoledora y a varios policías. Al principio me costó caer en cuenta, hasta que me ubiqué y vi que el edificio del cual veíamos ahora filas y filas de azulejos (en muy bien estado) era la antigua Miles. No podía creer que los dueños del edificio prefiriesen verlo destruido antes que utilizado con un propósito social. De hecho, su demolición era innecesaria pues estaba plenamente utilizable.
Y al parecer esta es la última gran idea que se les ha ocurrido, pues han vuelto a utilizar la misma medida con otra casa que fue okupada y desalojada la semana pasada en otro barrio de Barcelona.
Mientras tanto, los precios de alquiler siguen por las nubes, hay miles de pisos vacíos en la ciudad (de gente que espera que los precios sigan subiendo para ponerlos en alquiler), los sueldos son bajos, la cultura laboral me resulta autoritaria y a ello hay que agregar que por el hecho de ser extranjera pareciera que la legitimidad de tus derechos siempre está en juego y necesitas estar probando constantemente que te los mereces.
La Andrea me dice que a los extranjeros les pasa lo mismo en Chile. Sin duda que sí. Pero si no apruebo estas asimetrías allá, menos las apruebo aquí. La diferencia es que aquí no me dan ganas de pelear contra ellas. Simplemente las observo y acumulo resentimientos.
Estoy en un momento de decisiones claves: ¿me quedo y peleo aquí o me voy y peleo allá? Es una difícil disyuntiva. Más todavía cuando pienso que ha sido en este medio adverso donde he encontrado el acorde musical que hace tiempo estaba buscando.
Después de todo, quizas las cosas no son tan raras como parecen. Es la vida, simplemente, con sus altos y bajos. Con sus movimientos aparentemente incomprensibles, que luego se vuelven completamente lógicos y hasta obvios.
Quien sabe.
8 comentarios:
Hola Chiara. Te digo gracias por recordarnos escenas de la violencia cotidiana fuera de América Latina: violencia oficial, "legal", pero no legítima,en la medida en que se multipliquen seres inconformes y rebeldes como tú. Yo creo que se debe pelear contra la violencia en cualquier parte del mundo, consecuentes con la expectativa de felicidad, libertad y justicia que entraña la no violencia. En Chile y en otras partes también estarán otras y otros "Chiaras" viviendo las contradicciones que relatas e ilustras magistralmente. Quédate donde están y sigue moviéndote en direcciones diversas, haciéndo lo que crees que debes hacer. Seguimos tus huellas Chiara.
Gladys
Cuenca- Ecuador
Querida:
Qué interesante lo que cuentas. Lo divertido es que usen la misma forma de protesta que "nosotros" y que ellos están encargados de reprimir...Si nadie los reprime ¿Cuándo se les pasa la mano?
besos por montones
Pati
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Hola,
Aquí Víctor, un amigo de Chiara de Barcelona. Si tenéis curiosidad en saber para què sirvió lienzo que encontró en el suelo que decía "Déjennos torturar tranquilos", podéis mirar en:
http://setmanaridirecta.info/index.php?option=com_rsgallery2&Itemid=59&page=inline&id=45&catid=1&limitstart=1
Chiara,
gracias a tu artículo pillé esta crónica y te felicito por la honestidad y lucidez. Te djunto a continuación un artículo de un amigo sobre los pacos chilenos. Despues de leerlo quizá te imprimas una polera similar para que la uses cuando pasees en bicicleta.
Si aún está abierta la interrogante, si tienes como quedarte, quédate. Chile es un país muy entretenido para para aquellos que tenemos un sentido del humor muy pero muy negro,
saludos
ariel
HISTORIAS POLICIALES (Por Julio Cortés)
(a la memoria de Claudia López, Daniel Menco y Carlo Giuliani)
(2001)
No soy tan viejo, pero me parece que el odio hacia la policía es uno de los sentimientos más antiguos y universales de que tengamos conocimiento. Además, está totalmente justificado, sobre todo en Chile.
Desde fines de los ochenta se me quedó grabada una imagen de una contratapa de la revista Cerdos y Peces -que en aquel entonces se podía conseguir por 300 pesos en muchos kioskos de Santiago-. Bajo una foto en que aparecían varios pacos argentinos gordos y equipados con lumas y otros accesorios se leía: “¿Qué diablos hacemos con la policía?” (o “qué mierda hacemos...”, no me acuerdo bien). Es una pregunta que me he seguido haciendo todo el tiempo. El haber viajado por algunos países vecinos y otros más lejanos sirve para poner en perspectiva la brutalidad e ignorancia características de la policía chilena. Los pacos bolivianos, por ejemplo, al abordarte dan la impresión de estar constantemente pidiendo disculpas por la molestia causada, no dan susto ni mucho menos, es más, apenas inspiran algún respeto (excepción hecha de sus fuerzas especiales antidisturbios, robocops terribles que al parecer obedecen a un mismo modelo que se ha ido globalizando). En España hay varios tipos de pacos, que para el turista son difíciles de distinguir, pero en sus variantes más suaves es posible hasta pasar al lado de ellos con un pito encendido sin que te miren siquiera. La policía sueca era tan amable que tuvo que ser entrenada por sus colegas alemanes para aprender a enfrentar a los grupos juveniles de ultraizquierda (los famosos “autónomos”). De hecho se hicieron famosos una vez que arrancaron de los hooligans ingleses dejando en el camino cascos, escudos y todo tipo de implementos de robocop. La policía es una mierda en todas partes y siempre tiende a la prepotencia y a la violencia excesiva e injustificada, pero la diferencia está en que en otros países la gente común y los medios de comunicación se escandalizan cuando a sus pacos se les pasa la mano. Basta ver lo ocurrido en Génova durante la cumbre del G-8. No por nada algunos parlamentarios italianos dijeron que la policía italiana había actuado “ a la chilena”.
Un amigo gringo que ha viajado por casi todo el mundo y ha estado tres veces en Chile me decía que este es el país más policial que había visto (y eso que estuvo en lugares complicados como Colombia y el País Vasco). El gringo no podía comprender que estuviera sancionado el beber alcohol en la vía pública, y tampoco el que la marcha contra el BID y la “refuna” a Ricardo Claro no hayan alcanzado a iniciarse cuando la policía ya estaba cargando contra todo lo que veía. Lo peor de todo es que los actos más brutales y desproporcionados de los pacos son siempre respaldados por el gobierno. Cuando en el curso de las movilizaciones contra la reunión del BID los pacos de fuerzas especiales se lucieron agrediendo a la gente que esperaba la liberación de sus amigos y familiares desde la Tercera Comisaría, mojando a una guagua con el carro lanzaaguas, el subsecretario de interior declaraba que le parecía muy mal que la gente anduviera protestando con guaguas. Una década atrás, todas las autoridades, incluidas las religiosas, justificaron el operativo tristemente conocido como la “masacre de Apoquindo”, que consistió en acribillar una micro llena de pasajeros porque en su interior huían tres lautaristas que habían asaltado un banco y portaban una suma no mayor a los 3 millones de pesos. Murieron los tres asaltantes y dos personas más, además hubo 14 heridos graves, todos ellos por balas disparadas por “un amigo en su camino”. El presidente Aylwin, que congratuló a Carabineros en esa y otras ocasiones similares, era mencionado hace un tiempo como posible candidato al premio Nobel de la paz. (Sus palabras más o menos exactas en esa ocasión fueron. “cuando carabineros no actúa la gente se queja, y ahora que actuó algunos también se quejan, así no hay quien entienda...”).
Los pacos saben que es difícil, casi imposible, que un ciudadano común los ataque exitosamente por vías judiciales. Lo saben, y actúan en consecuencia. Tres frases que he escuchado en boca de ellos este año hablan por sí solas. Tratando de ingresar a una comisaría a ver el estado en que se encontraban varios detenidos por una manifestación política nos fue negado el ingreso (a quien suscribe, que por casualidades de la vida ejerce una de las profesiones más tradicionales y odiadas de Chile, y otros abogados) por un paco gordo y alterado que decía: “En los tribunales hagan lo que se les antoje pero acá mandamos nosotros”. El mismo día, tratando de entrar a ver a varios menores de edad detenidos por la misma causa en una comisaría de menores, una agradable paquita nos dijo: “Sé que la ley los autoriza a entrar a ver a los menores, pero yo no los voy a dejar”, ¿por qué?, “por que ustedes deben saber mejor que yo que las leyes son super lindas pero no se cumplen”. La última la escuché hace poquito, luego de que un paco de esos que andan acompañando a un civil con complejo de Rambo en esas hermosas camionetas rojas que gracias a Lavín y la Fundación Paz Ciudadana tenemos por todas partes me conminara a mí y a un amigo a retirarnos de un lugar público. Ante nuestra afirmación de que él no tenía facultades para echarnos de la vía pública en la medida que no estemos cometiendo un delito flagrante, nos dijo: “En la calle yo mando, ordeno y dispongo”.
William Burroughs decía, en alguna entrevista que perdí, que en sudamérica nunca se sabía qué podía pasar una vez que entraba en escena la policía. Contaba que en no se qué país de la región una vez le dijo a unos policías que había sido robado y terminaron deteniéndolo a él. Otro importante referente cultural de mi generación, Nick Cave (cuando caminaba por el lado salvaje al mando de la banda australiana The Birthday Party, muchos años antes de que dejara las drogas y descubriera la Biblia), solía usar una polera que decía: “odio a todos los pacos en este pueblo. El único buen paco es el paco muerto”.
El tema es preocupante. Nuestra clase política ha optado por seguir modelos ultrarepresivos de combate a la delincuencia, con más pacos, leyes más duras, más cárceles. El colapso del sistema penitenciario no les hace reflexionar sobre otras políticas más amplias e integrales para abordar estos problemas sino que sacan cuentas acerca de los beneficios de privatizar los establecimientos carcelarios. Es algo que debiera preocupar no sólo a ultraizquierdistas como uno sino que a cualquier “demócrata” que aprecie en alguna medida las libertades públicas.
En un país tan hecho mierda como este es posible ver y oír cosas que debieran alertar a cualquiera que esté preocupado por la salud mental colectiva. Por ejemplo, José Miguel Insunza, ministro del interior, tras dar a conocer en un evento cifras relativas a la delincuencia y concluir que los niveles no habían aumentado sino que la gente estaba denunciando más y que eso es muy bueno, es interrogado por periodistas y pasa a referirse al tema de las denuncias por torturas ocurridas durante la dictadura. En ese momento suelta su espeluznante frase relativa a que esperaba que no se iniciara una “avalancha” de denuncias y querellas por torturas, que no era bueno para Chile en aras de la paz social, la unidad nacional y otros brebajes de difícil digestión.
Ante esta realidad, y ante la actitud del gobierno y demás autoridades, uno se sigue preguntando qué mierda hacer con los pacos, y se ve inclinado a encontrarle razón a Nick Cave.
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